9 de octubre de 2011
En la noche, el sol brilló agonizante. Algunos salieron al jardín de sus casas a ver qué estaba pasando con el sol, porque, aunque no se escuchó ningún estallido, se pudo ver desde la tierra cómo este explotaba en grandes llamaradas y se caí a pedazos flameantes. Los que mirábamos estábamos atónitos y no supimos si era el fin del mundo o un sueño basado en una película.
27 de septiembre de 2011
El día que te fuiste, y tu ni te enteraste
Era una mañana normal, al menos para todos, porque para mí, todo era totalmente diferente. Me levanté en cámara lenta y me metí a la regadera. El tiempo corrió largo y lento. Me sentí como en un mundo paralelo donde te habían borrado de mi vida. Todos actuaban como si nunca hubieras existido, y yo era la única que me desmoronaba porque sabía que te habías borrado para siempre. Así que me quedé en la regadera, mientras mis lágrimas se confundían con el agua de la ducha, y el agua caliente me abrazaba.
Cerré los ojos esperando despertar de aquella pesadilla. Me levanté del piso de azulejo y me di cuenta que no sabía si tu habías sido un sueño con el que me había enamorado. Quedé mirando fijamente a la nada. Mis ojos hinchados no me dejaban ver con claridad. El dolor de cabeza la había hecho gigantesca y me dolía moverla siquiera para mirar a otro lado. Por un instante desee salir corriendo y abrazarte. Por un instante, después, desee gritarte y golpearte hasta dejarte muerto. Por un instante descubrí que estaba loca.
Cerré los ojos esperando despertar de aquella pesadilla. Me levanté del piso de azulejo y me di cuenta que no sabía si tu habías sido un sueño con el que me había enamorado. Quedé mirando fijamente a la nada. Mis ojos hinchados no me dejaban ver con claridad. El dolor de cabeza la había hecho gigantesca y me dolía moverla siquiera para mirar a otro lado. Por un instante desee salir corriendo y abrazarte. Por un instante, después, desee gritarte y golpearte hasta dejarte muerto. Por un instante descubrí que estaba loca.
21 de septiembre de 2011
Desde la silla de ruedas
Ya sabes, se comienza a sentir cómo los músculos se calientan, y mientras corres, cada vez más rápido, la adrenalina hace lo suyo y todo tu cuerpo, cerebro y alma se concentran en mantener el ritmo, el control sobre ti mismo, y no importa cuántos corredores te acompañen o por dónde vas pasando, lo único que está en mente es mantener el control total y en la meta. Pues esta mañana, mientras estaba en esto, al correr la curva clave, (si no se mantiene el ritmo hay riesgo de perder velocidad y fuerza), me topé a lo lejos con la mirada de un hombre de mucha más edad que la mía. A lo lejos pude captar su deseo de poder mover sus piernas. Miraba desde un lado de la pista los corredores y ciclistas, mientras permanecía sentado en su silla de ruedas, vestido para hacer ejercicio.
Al acercarme más a él me sentí muy incómoda y quizá con algo de pena. Me sentí miserable por tener piernas y poder experimentar el movimiento de la cabeza a los pies. Entonces, al pasar frente a aquel hombre, fijé la mirada en un punto lejano sobre el pavimento, ignorando el momento. Pero segundos después, al dejar aquella curva atrás, me di cuenta que mi acción cobarde había sido de lo peor. Entendí que lo que debí hacer, no fue sentir pena e ignorar al hombre. Debí mirarlo y sonreírle. Algunos corredores, como es costumbre de los más expertos, te gritan palabras de ánimo; ya me ha tocado recibir algunas. Pero yo, que soy más retraída, pude haberle regalado una sonrisa amiga.
Espero que haya una segunda oportunidad para mí. Pero más deseo que ese hombre haya ignorado mi persona, mi actitud, y ese momento que para mí cambió todo.
Al acercarme más a él me sentí muy incómoda y quizá con algo de pena. Me sentí miserable por tener piernas y poder experimentar el movimiento de la cabeza a los pies. Entonces, al pasar frente a aquel hombre, fijé la mirada en un punto lejano sobre el pavimento, ignorando el momento. Pero segundos después, al dejar aquella curva atrás, me di cuenta que mi acción cobarde había sido de lo peor. Entendí que lo que debí hacer, no fue sentir pena e ignorar al hombre. Debí mirarlo y sonreírle. Algunos corredores, como es costumbre de los más expertos, te gritan palabras de ánimo; ya me ha tocado recibir algunas. Pero yo, que soy más retraída, pude haberle regalado una sonrisa amiga.
Espero que haya una segunda oportunidad para mí. Pero más deseo que ese hombre haya ignorado mi persona, mi actitud, y ese momento que para mí cambió todo.
14 de septiembre de 2011
Asesinato en la colonia Leyes de Reforma
Me desperté de golpe. Esta mañana escuché un estruendo que hizo que mi corazón latiera más rápido de lo normal, y no supe si fue esto o la alarma de mi despertador, pero a las 7 de la mañana tuve un pálpito de horror y miedo que llenó toda mi sangre en segundos. Me quedé en la cama un rato, esperando descifrar si realmente había escuchado el estruendo o este había sido parte de mi sueños. Transcurrieron unos segundos, que me parecieron largos minutos, por lo encamorrada, pero no escuché nada.
Me di un par de vueltas en la cama para terminar de despertar y tranquilizar el miedo que me tenía turbada, y entonces me levanté. Caminé hacia el baño, cerré la puerta detrás de mí. Una vez sentada en la tasa, escuché un grito desgarrador que provenía de la calle, y así como inició, desapareció. Sequé mis manos y entonces un murmullo como de un millón de personas se escuchó cada vez más fuerte. Entré en pánico.
En ese momento sonó mi celular: una llamada entrante. Mi madre, al otro lado, me ordenó que subiera a la casa inmediatamente. Me paralicé. —¡Sube inmediatamente, ya!—. Torpemente movi un pie tras otro y salí en pijama a la casa de mis padres.
Lo que siguió fue el suceso más inesperado y aterrador de la colonia: en la calle que pasa a lado de mi casa, en medio, sobre el pavimento, estaba el cuerpo ensangrentado de un chico que parecía no rebasar los 18 años. La gente ya había rodeado el cuerpo y la madre del muchacho lloraba y gritaba y se desbarataba sobre su hijo. La escena fue horrorosa y no pude olvidar esa sensación de aquel momento.
En ese momento, se escuchó una patrulla acercarse. Antes que llegara la ambulancia, un par de helicópteros se acercaron. En ese momento todos los que presenciamos el momento supimos que algo había cambiado en nuestra colonia.
(*Ayer, cuatro horas antes de dormir, tomé una taza de café. Mala idea. No pude dormir. Justamente, esta historia surgió de una de las tantas pesadillas que desfilaron por mi mente anoche.)
Me di un par de vueltas en la cama para terminar de despertar y tranquilizar el miedo que me tenía turbada, y entonces me levanté. Caminé hacia el baño, cerré la puerta detrás de mí. Una vez sentada en la tasa, escuché un grito desgarrador que provenía de la calle, y así como inició, desapareció. Sequé mis manos y entonces un murmullo como de un millón de personas se escuchó cada vez más fuerte. Entré en pánico.
En ese momento sonó mi celular: una llamada entrante. Mi madre, al otro lado, me ordenó que subiera a la casa inmediatamente. Me paralicé. —¡Sube inmediatamente, ya!—. Torpemente movi un pie tras otro y salí en pijama a la casa de mis padres.
Lo que siguió fue el suceso más inesperado y aterrador de la colonia: en la calle que pasa a lado de mi casa, en medio, sobre el pavimento, estaba el cuerpo ensangrentado de un chico que parecía no rebasar los 18 años. La gente ya había rodeado el cuerpo y la madre del muchacho lloraba y gritaba y se desbarataba sobre su hijo. La escena fue horrorosa y no pude olvidar esa sensación de aquel momento.
En ese momento, se escuchó una patrulla acercarse. Antes que llegara la ambulancia, un par de helicópteros se acercaron. En ese momento todos los que presenciamos el momento supimos que algo había cambiado en nuestra colonia.
(*Ayer, cuatro horas antes de dormir, tomé una taza de café. Mala idea. No pude dormir. Justamente, esta historia surgió de una de las tantas pesadillas que desfilaron por mi mente anoche.)
28 de agosto de 2011
Me descubrí más humana hoy
Disculpa, este post se pondrá cursi, pero es que todos los días es necesario decir un “te amo”. Expresar nuestras emociones nos hace más humanos, más felices; nos pone en paz con el entorno y con nosotros mismos. Pero el tiempo abre heridas que tardan en cicatrizar y entonces nos volvemos fríos y duros. Una cáscara de naranja crece en nosotros y nos protege tanto que nos volvemos inhumanos. Por eso me doy la libertad de escribir: “Te amo. Como el viento que posa sobre mi cara una mañana fresca, así te amé. Como los rayos de la tarde sobre la sala. Como los días lluviosos tomando té de una tasa. Así te amaré. Te amo cuando mis pensamientos me desconectan del cuerpo y vuelo lejos y nos imagino juntos. Te amo cuando me siento a imaginar que somos dos personajes de algún guión cinematográfico que juega con la imaginación. Te amo cuando escucho que tú también me amas. Amo amarte y amo que sientas que me amas. Amo escribir que amo. Amo el sonido de mi voz al decir que te estoy amando. Amo imaginar que te volveré a amar. Amo recordar y recorrer las nostalgias. Amo saber que un día en el futuro te amaré, te seguiré amando como cuando descubrí por primera vez que yo tenía la capacidad de amarte”
18 de julio de 2011
Para variarle un poco, algo de odio
Estoy tentada a saludar al lector en estas líneas y arrojarle a la cara un bonche de palabras lindas, pero no sé si sea apropiado estropearle la vida de esa forma. ¿Qué pensará después: que podrá regresar a este blog cada que necesite escuchar palabras de ánimo y aliento? ¡Pobre de mí! Estaré condenada a contribuir para que otros tengan días felices mientras yo me quedo vacía de ellos. Mejor ahorrarme tal tragedia y dejar al lector igual que antes, con su basura interna. Así que iniciaré este post con el título de las 10 cosas que más detesto:
Las 10 cosas que más detesto
1.
2. Uno planea un fin de semana fuera de la odiosa ciudad y renta una cabañita en la montaña junto al lago, frente a las albercas de agua termal y espera uno disfrutar de ese silencio ensordecedor y convivir lo más posible con la naturaleza. Y, entonces, aparece el sentimiento de odio, cuando la gente naca se trae su grabadora para poner la música a todo lo que da mientras se ponen hasta las chanclas haciendo un desmadre toda la noche y hablando a todo pulmón sin importar lo que quieran los demás.
3. Es terrible que cuando alguien no tiene nada qué decir haga malos chistes o diga comentarios con el fin de molestar, solo por miedo a quedar en silencio. Es mil veces mejor quedarse callado que hacer comentarios innecesarios, que solamente hacen quedar mal al receptor.
4. Lo peor es encontrarte un día con que las personas cercanas están robando palabras o frases o ideas enteras de tu autoría; que las hagan propias y te dejen sin originalidad. Pero es más insultante encontrarte a ti mismo robando palabras, frases o ideas enteras, aún sabiendo que es un hábito intolerable.
5. Es terriblemente odioso llegar a la casa después del trabajo y que alguien te asalte inmediatamente a contarte, a preguntarte, a decirte, a gritarte, sin dejarte respirar y tirar en la cama los malhumores del día. Solo después, y nunca antes, uno está listo para interactuar nuevamente con otro ser humano.
6. El colmo: que cuando vas caminando por la calle o cuando estás hablando con alguien, te miren las bubis o las piernas o el trasero. Pero lo peor es que lo hagan ¡descaradamente! *!#&!/#*&!*#(Q(!*#&
7. Le cuentas que eres vegetariana y se lo repites en varias ocasiones. Lo impensable es que todavía tenga el descaro de invitarte a ir por unos tacos o a algún restaurante especializado en carne o a alguna carne asada o... Quizá, lo peor es que te diga: “¿En verdad no comes nada de carne?”, y salga con: “Nada más por esta ocasión”.
8. Debería ser un crimen, y penado con la muerte, a quienes se atreven a quitarte las ilusiones en un momento, sin miramientos ni cuidados, sino con el más grande descaro de la arrogancia.
9. Sábado de noche y nadie tiene plata, ni ganas, ni creatividad, ni hambre, ni sueño, ni carro, ni paragüas, ni tiempo, etc.
10. Nada más molesto que alguien, estando en tu presencia, hable para sí comentando todo lo que hace. Está leyendo algo y comenta o hace expresiones en voz alta, como: “Aja”, “Mmmm”, “No lo creo”, “Jajajaja”. O que esté preparándose para ir a domrir y comience: “¿Qué iba a haccer? Así, ya me acordé”.
Las 10 cosas que más detesto
1.
2. Uno planea un fin de semana fuera de la odiosa ciudad y renta una cabañita en la montaña junto al lago, frente a las albercas de agua termal y espera uno disfrutar de ese silencio ensordecedor y convivir lo más posible con la naturaleza. Y, entonces, aparece el sentimiento de odio, cuando la gente naca se trae su grabadora para poner la música a todo lo que da mientras se ponen hasta las chanclas haciendo un desmadre toda la noche y hablando a todo pulmón sin importar lo que quieran los demás.
3. Es terrible que cuando alguien no tiene nada qué decir haga malos chistes o diga comentarios con el fin de molestar, solo por miedo a quedar en silencio. Es mil veces mejor quedarse callado que hacer comentarios innecesarios, que solamente hacen quedar mal al receptor.
4. Lo peor es encontrarte un día con que las personas cercanas están robando palabras o frases o ideas enteras de tu autoría; que las hagan propias y te dejen sin originalidad. Pero es más insultante encontrarte a ti mismo robando palabras, frases o ideas enteras, aún sabiendo que es un hábito intolerable.
5. Es terriblemente odioso llegar a la casa después del trabajo y que alguien te asalte inmediatamente a contarte, a preguntarte, a decirte, a gritarte, sin dejarte respirar y tirar en la cama los malhumores del día. Solo después, y nunca antes, uno está listo para interactuar nuevamente con otro ser humano.
6. El colmo: que cuando vas caminando por la calle o cuando estás hablando con alguien, te miren las bubis o las piernas o el trasero. Pero lo peor es que lo hagan ¡descaradamente! *!#&!/#*&!*#(Q(!*#&
7. Le cuentas que eres vegetariana y se lo repites en varias ocasiones. Lo impensable es que todavía tenga el descaro de invitarte a ir por unos tacos o a algún restaurante especializado en carne o a alguna carne asada o... Quizá, lo peor es que te diga: “¿En verdad no comes nada de carne?”, y salga con: “Nada más por esta ocasión”.
8. Debería ser un crimen, y penado con la muerte, a quienes se atreven a quitarte las ilusiones en un momento, sin miramientos ni cuidados, sino con el más grande descaro de la arrogancia.
9. Sábado de noche y nadie tiene plata, ni ganas, ni creatividad, ni hambre, ni sueño, ni carro, ni paragüas, ni tiempo, etc.
10. Nada más molesto que alguien, estando en tu presencia, hable para sí comentando todo lo que hace. Está leyendo algo y comenta o hace expresiones en voz alta, como: “Aja”, “Mmmm”, “No lo creo”, “Jajajaja”. O que esté preparándose para ir a domrir y comience: “¿Qué iba a haccer? Así, ya me acordé”.
1 de julio de 2011
Luz interior
A veces es innevitable no sentir que la vela con su fuego que ilumina el espíritu se haya apagado. Las ráfagas de viento que azotan el alma tempestivamente, la lluvia que no deja de llover y que moja todo a su paso, han logrado ahogar la luz interior. Fuego para alumbrar, guiar, calentar con tibio calor la fría oscuridad que trae el vivir.
Imagino mi interior. Imagino una banca en medio de una cueva oscura y húmeda. Imagino sobre la banca un vela que lucha por mantenerse encendida. Imagino el fuego que alumbra en la penumbra de mi interior. Imagino la oscuridad después de que esta luz finalmente se ha visto derrotada por mí misma. Imagino que deseo encenderla. Imagino que no puedo.
Imagino mi interior. Imagino una banca en medio de una cueva oscura y húmeda. Imagino sobre la banca un vela que lucha por mantenerse encendida. Imagino el fuego que alumbra en la penumbra de mi interior. Imagino la oscuridad después de que esta luz finalmente se ha visto derrotada por mí misma. Imagino que deseo encenderla. Imagino que no puedo.
6 de junio de 2011
El grupo de la cuarta
Contexto:
Grupo del curso de doblaje y locución de la Cuarta Pared en el Distrito Federal. Somos alrededor de 14 chicos de diferentes edades, gustos, preferencias, ideología, status, ec.
Es un grupo fantástico, estoy aprendiendo no solo de lo que consiste el curso sino de la interacción entre los que conformamos el grupo de clase.
1. Conexión. Es increíble cómo somos todos tan diferentes, con vidas opuestas que se cruzaron en un interés común: el curso de doblaje y locución de La cuarta pared.
2. Tolerancia. Obviamente, por lo diferente del grupo, es normal que hubieran críticas o roces. Pero el grupo es muy tolerante; aceptando las diferencias sin criticar, sin una mueca de desaprobación, sin una manifestación explícita de no estar de acuerdo. Más bien, se trata de una apertura al enrequecimiento de las diferencias. Por primera vez creo haber vivido la tolerancia plenamente.
Grupo del curso de doblaje y locución de la Cuarta Pared en el Distrito Federal. Somos alrededor de 14 chicos de diferentes edades, gustos, preferencias, ideología, status, ec.
Es un grupo fantástico, estoy aprendiendo no solo de lo que consiste el curso sino de la interacción entre los que conformamos el grupo de clase.
1. Conexión. Es increíble cómo somos todos tan diferentes, con vidas opuestas que se cruzaron en un interés común: el curso de doblaje y locución de La cuarta pared.
2. Tolerancia. Obviamente, por lo diferente del grupo, es normal que hubieran críticas o roces. Pero el grupo es muy tolerante; aceptando las diferencias sin criticar, sin una mueca de desaprobación, sin una manifestación explícita de no estar de acuerdo. Más bien, se trata de una apertura al enrequecimiento de las diferencias. Por primera vez creo haber vivido la tolerancia plenamente.
17 de mayo de 2011
Corazón para crear nuevas conexiones sociales
Quisiera tener un nuevo corazón para comenzar mis días con una nueva vida. Corazón nuevo para olvidar los sentimientos de odio y tristeza que trajo el día del ayer. Un nuevo corazón que me permita saludar a todos con alegría sincera cada mañana en la casa, en el trabajo e incluso en la calle, con los extraños con los que uno se topa cada día.
Un corazón nuevo para olvidar el desgaste de las relaciones con mi familia, amigos, compañeros de trabajo y clase, hermanos de la iglesia y relaciones esporádicas con las que uno entabla conversación raramente. Si pudiera reemplazar este corazón y olvidar los resentimientos almacenados de una vida que no perdona ni olvida porque ha callado e ignorado situaciones que no vale la pena aclarar. Ya sea porque el momento no lo ameritaba o porque es mil veces mejor ignorar y seguir adelante que abrir viejas heridas que le duelen al orgullo.
¡Qué fantástico seria poder encontrar corazones de repuesto en el centro comercial! Cuando el corazón estuviera suficientemente traqueteado, podría uno ir por uno nuevo y comenzar a vivir como un recién nacido, con una nueva página en blanco que escribir. Borrón y cuenta nueva. Espero que Dios se refiera a eso cuando dice: “Les daré un nuevo corazón, y les infundiré un espíritu nuevo; les quitaré ese corazón de piedra que ahora tienen, y les pondré un corazón de carne”. Si no ahora, al menos en el cielo. Porque a mí me hace falta uno nuevo, que me permita respirar tranquila, sin tanto pesar y odio acumulado.
Me urge, requiero con ansia desmedida, con el dolor que me provoca mi incapacidad para recuperarme, un corazón que me ayude a sanar mi relación con aquellos a quienes amo tanto pero que la convivencia diaria ha ido deteriorardo.
Un corazón nuevo para olvidar el desgaste de las relaciones con mi familia, amigos, compañeros de trabajo y clase, hermanos de la iglesia y relaciones esporádicas con las que uno entabla conversación raramente. Si pudiera reemplazar este corazón y olvidar los resentimientos almacenados de una vida que no perdona ni olvida porque ha callado e ignorado situaciones que no vale la pena aclarar. Ya sea porque el momento no lo ameritaba o porque es mil veces mejor ignorar y seguir adelante que abrir viejas heridas que le duelen al orgullo.
¡Qué fantástico seria poder encontrar corazones de repuesto en el centro comercial! Cuando el corazón estuviera suficientemente traqueteado, podría uno ir por uno nuevo y comenzar a vivir como un recién nacido, con una nueva página en blanco que escribir. Borrón y cuenta nueva. Espero que Dios se refiera a eso cuando dice: “Les daré un nuevo corazón, y les infundiré un espíritu nuevo; les quitaré ese corazón de piedra que ahora tienen, y les pondré un corazón de carne”. Si no ahora, al menos en el cielo. Porque a mí me hace falta uno nuevo, que me permita respirar tranquila, sin tanto pesar y odio acumulado.
Me urge, requiero con ansia desmedida, con el dolor que me provoca mi incapacidad para recuperarme, un corazón que me ayude a sanar mi relación con aquellos a quienes amo tanto pero que la convivencia diaria ha ido deteriorardo.
8 de mayo de 2011
No te estoy extrañando
No te extraño ya. No recuerdo tu sonrisa limpia y ligera que contagiaba con solo verla asomarse entre tus mejillas. Ya no me hace falta escucharla, ni verla, ni siquiera recordarla. Ya no me duele saberte a kilómetros de distancia, que hacen a nuestros cuerpos mortales; que hacían de nuestros recuerdos memorias de personas muertas.
Afuera hace calor y la tarde es tibia, y ya no pienso en las calles húmedas que esas noches nos refugiaron uno en el otro. No te extraño, creo que al fin entendí que no necesito que tu mano tome con decisión la mía y me guíe por la vida. No necesito pensar más en tu corazón latir con fuerza junto a mi cuerpo porque el mundo éramos nosotros dos. No más caricias que luego tendré que extrañar.
Te digo que no te estoy extrañando.
Afuera hace calor y la tarde es tibia, y ya no pienso en las calles húmedas que esas noches nos refugiaron uno en el otro. No te extraño, creo que al fin entendí que no necesito que tu mano tome con decisión la mía y me guíe por la vida. No necesito pensar más en tu corazón latir con fuerza junto a mi cuerpo porque el mundo éramos nosotros dos. No más caricias que luego tendré que extrañar.
Te digo que no te estoy extrañando.
4 de mayo de 2011
Más
Resultó que Dios fue benigno y me regaló la oportunidad de conocerte. Nos reunimos con el pretexto encubierto. No tomé café como lo había planeado pero sí hubo una plática amena e interesante. No sé si los que estaban en las otras mesas o si los meseros percibieron una luz saliendo de nuestros cuerpos, porque la verdad no me detuve a descubrirlo, pero tampoco sentí esa conexión que había soñado. El momento llegó y dudé si sentías esas mariposas en el estómago diciendo que aún no era tiempo, pero si acaso yo las sentí tampoco las dejé andar volando en mi vientre. Solo sé que me quedé con ganas de más.
18 de abril de 2011
Imagen de una tarde lluviosa
Quiero encontrarme contigo, vernos con el pretexto de conocernos. Tomar un café esta tarde nublada, mientras el aroma y la múscia guían nuestras miradas. La conversación se torna amena y la tarde se pasa cómoda. Un par de risas saldrán de mis labios mientras me cuentas la cara que puse. Alguien se asomará al lugar preguntándose si esa luz sale de nuestros cuerpos y nosotros solo atinaremos a estar confundidos con la afirmación.
Llegará el momento de marcharse y esa sensación en el estómago nos dirá que no es tiempo todavía. Las calles estarán mojadas afuera y el viento frío calará mis huesos. Tu brazo me abrazará y caminaremos juntos... no sé cuánto.
Llegará el momento de marcharse y esa sensación en el estómago nos dirá que no es tiempo todavía. Las calles estarán mojadas afuera y el viento frío calará mis huesos. Tu brazo me abrazará y caminaremos juntos... no sé cuánto.
27 de marzo de 2011
La niña de porcelana y su príncipe de hielo
Sobre el mueble donde se guarda la vajilla de la casa, en el comedor, está una muñequita de porcelana, con su vestidito blanco y su mirada tierna. Está sentada, tomando una taza de té por la eternidad. Su cabello recogido lo adorna un moño color rosa pastel y sus rizos dorados le cubren su pálido rostro. Su vestidito blanco está adornado con florecitas rosas mientras un gatito se cobija con el resto del vestido que cae al piso. Sus piecillos los descansa sobre un cojín. Y mientras toma el té, ella sostiene con la otra mano un platito de leche para que el gatito de su regazo tome sin cesar.
Pero junto a ella, otra estatuilla de porcelana le hace compañía. Un muñeco de nieve con cara de asombro y un osito de peluche medio deforme. El muñeco de nieve lleva un sombrero blanco en la cabeza fría. Y en su rostro unas chapitas y unos ojos abotonados. Resalta la zanahoria que tiene por nariz, tan anaranjada que la raya que tiene por boca desaparece. Lleva puestos unos pantalones, que por más que el cinturón intenta amarrar, la nieve derretida le impide ajustarlos.
Así se le va la vida a la princesita de porcelana, pensando que en el mundo no hay otros niños tan pálidos, con cara afiladita y de encanto esperando por ella. Se ha resignado a creer que aquel hombrecillo de nieve, regordete y con cara de maricón, será su príncipe azul. Pobre muñequita de porcelana, si supiera que su príncipe azul existe, no está en la sala, la cocina o alguna habitación, pero existe.
Pero junto a ella, otra estatuilla de porcelana le hace compañía. Un muñeco de nieve con cara de asombro y un osito de peluche medio deforme. El muñeco de nieve lleva un sombrero blanco en la cabeza fría. Y en su rostro unas chapitas y unos ojos abotonados. Resalta la zanahoria que tiene por nariz, tan anaranjada que la raya que tiene por boca desaparece. Lleva puestos unos pantalones, que por más que el cinturón intenta amarrar, la nieve derretida le impide ajustarlos.
Así se le va la vida a la princesita de porcelana, pensando que en el mundo no hay otros niños tan pálidos, con cara afiladita y de encanto esperando por ella. Se ha resignado a creer que aquel hombrecillo de nieve, regordete y con cara de maricón, será su príncipe azul. Pobre muñequita de porcelana, si supiera que su príncipe azul existe, no está en la sala, la cocina o alguna habitación, pero existe.
23 de marzo de 2011
Paraísos que viven en los sueños y realidades que parecen rastros de un pseudoparaíso
El taxi estaba que se desvencijaba con cada tope y hueco que caminaba de la ciudad. A las siete de la noche, la Ciudad de México era un caos: tráfico, gente, música, luces, claxóns, gente mal humorada y cansada. El humo del cigarro del conducto apenas dejaba ver lo que había detrás del parabrisas del carro, pero mientras él se explayaba contando las peripecias de su vida, ella intentaba no morir asfixiada. El rojo se puso en verde y pensó que quizá sería bueno estar del otro lado del mundo: una habitación con vista hacia el campo, el silencio arullando sus sueños y los grillos llevándole una serenata a media noche. De repente, un tope la trajo de vuelta al taxi.
– Las cosas del amor, señorita. Eso sí que desarma a cualquier humano, Y la verdad es que ya no quiero sufrir. Desee con todo mi corazón encontrar el amor, pero solo me he topado con dolor. Por eso he decidido que no más, no merezco sufrir.
Una bicicleta interrumpió el soliloquio del conductor, y el taxista intentó alcanzarlo con una palabrota para castigarlo por su imprudencia. Un silencio permitió tomar un respiro a ambos. ¿Qué estaría pensando el conductor, qué dolores le había causado el corazón? No tenía idea, pero ella prefería mil veces el silencio, ya que le permitía pensar e imaginar un poco.
–Señorita, ¿alguna vez ha amado? Una joven tan bonita como usted debe tener muchos pretendientes. Pero sea inteligente, los hombres son...
Ella se desconectó; pasaron por su mente muchas imágenes que la hicieron sonreír y al mismo tiempo tener ganas de llorar. Finalmente despertó del sueño y el conductor permanecía en silencio, desesperado por el tráfico y ensañado con su cajetilla de cigarros. El cansancio del día era tan visible en ambos rostros: ojeroso, resecos por el humo, envejecidos. Una sirena se escuchó a lo lejos mientras se acercaba ruidosamente hasta desaparecer nuevamente en la distancia.
–En la siguiente esquina a la derecha, por favor.
– Sí señorita.
Ella se reclinó sobre el vidrio e intentó cerrar los ojos para escaparse un rato a aquél paraíso: la brisa tibia acariciaba su rostro mientras su cuerpo descanaba sobre unassábanas blancas y frescas; con un suspiró de corazón contento.
–Me deja en la esquina, detrás del microbús, por favor.
–Sí, claro que sí.
El taxi se detuvo, ya sin puertas, con abolladuras y con la mitad del techo y un solo espejo. La calle estaba silenciosa y solo se escuchaba el ronco motor.
–¿Cuánto le debo?
–Cincuenta pesos, señorita.
–Aquí tiene.
–Muchas gracias, que tenga una feliz noche.
–Gracias, feliz noche.
Se alejó el vehículo con el conductor sobre el asiento, el volante en las manos y el motor volando sobre un par de ruedas. La calle quedó en la penumbra, con una luz sobre el pavimento de la esquina donde estaba un poste. Sacó la llave y la metió en la hendidura de la puerta. Ella entró. La calle quedó vacía, mientras a lo lejos se escuchaba el ruido de los carros.
– Las cosas del amor, señorita. Eso sí que desarma a cualquier humano, Y la verdad es que ya no quiero sufrir. Desee con todo mi corazón encontrar el amor, pero solo me he topado con dolor. Por eso he decidido que no más, no merezco sufrir.
Una bicicleta interrumpió el soliloquio del conductor, y el taxista intentó alcanzarlo con una palabrota para castigarlo por su imprudencia. Un silencio permitió tomar un respiro a ambos. ¿Qué estaría pensando el conductor, qué dolores le había causado el corazón? No tenía idea, pero ella prefería mil veces el silencio, ya que le permitía pensar e imaginar un poco.
–Señorita, ¿alguna vez ha amado? Una joven tan bonita como usted debe tener muchos pretendientes. Pero sea inteligente, los hombres son...
Ella se desconectó; pasaron por su mente muchas imágenes que la hicieron sonreír y al mismo tiempo tener ganas de llorar. Finalmente despertó del sueño y el conductor permanecía en silencio, desesperado por el tráfico y ensañado con su cajetilla de cigarros. El cansancio del día era tan visible en ambos rostros: ojeroso, resecos por el humo, envejecidos. Una sirena se escuchó a lo lejos mientras se acercaba ruidosamente hasta desaparecer nuevamente en la distancia.
–En la siguiente esquina a la derecha, por favor.
– Sí señorita.
Ella se reclinó sobre el vidrio e intentó cerrar los ojos para escaparse un rato a aquél paraíso: la brisa tibia acariciaba su rostro mientras su cuerpo descanaba sobre unassábanas blancas y frescas; con un suspiró de corazón contento.
–Me deja en la esquina, detrás del microbús, por favor.
–Sí, claro que sí.
El taxi se detuvo, ya sin puertas, con abolladuras y con la mitad del techo y un solo espejo. La calle estaba silenciosa y solo se escuchaba el ronco motor.
–¿Cuánto le debo?
–Cincuenta pesos, señorita.
–Aquí tiene.
–Muchas gracias, que tenga una feliz noche.
–Gracias, feliz noche.
Se alejó el vehículo con el conductor sobre el asiento, el volante en las manos y el motor volando sobre un par de ruedas. La calle quedó en la penumbra, con una luz sobre el pavimento de la esquina donde estaba un poste. Sacó la llave y la metió en la hendidura de la puerta. Ella entró. La calle quedó vacía, mientras a lo lejos se escuchaba el ruido de los carros.
7 de marzo de 2011
Harta de recargar las baterias mil días, para que se gasten en unas horas.
Te prometí escribir pero no tengo ninguna fórmula nueva para entretener tu creatividad o tu letargo. Además, mi cerebro se ha secado debido a que el corazón se ha marchitado. Recuerdo haber escrito cómo sentía que el corazón se convertía en una pasita, arrugado por deshidratación. La falta de humedad llegó a tal punto que, como una gangrena, se expandió por todo el interior del cuerpo. Una enfermedad que ataca primero a los miembros principales; de esa forma llegó al cerebro, dejando imposibilitado al ser para continuar con una vida.
Comienzo a comprender cómo esa noche los pies decidieron ponerse de pie y salir de la cama para andar sin rumbo por la casa. Las manos decidieron mirar al cielo mientras una canción salía de una garganta burbujeante e incognoscible. Los ojos giraban sin parar mientras el estómago masticaba las sobras del desayuno. Los miembros habían adquirido libertad, y me estaban matando; se aniquilaban inconscientemente.
Estoy tan ocupada con mi frustación de “inacabar” los miles de proyectos que van surgiendo con el diario vivir, que me he olvidado de cómo se sentía la adrenalina de escribir; de escribirte. El motor se apagó, se calentaron las balatas y se ponchó la llanta trasera del lado izquierdo. El volante jugó sucio y los frenos fallaron a última hora. El carro acabó abollado y el conductor salió volando por el vidrio que se había desprendido minutos antes del caparazón que lo sostenía. Un par de sirenas se escucharon cada vez más cerca. Los hombrecillos alcanzaron solamente a atar cabos.
Duerme corazón, pero no te mueras aún. Congélate y sobrevive un milenio; quizá en ese futuro encuentres un espacio o un cuerpo donde puedas latir con intensidad.
Comienzo a comprender cómo esa noche los pies decidieron ponerse de pie y salir de la cama para andar sin rumbo por la casa. Las manos decidieron mirar al cielo mientras una canción salía de una garganta burbujeante e incognoscible. Los ojos giraban sin parar mientras el estómago masticaba las sobras del desayuno. Los miembros habían adquirido libertad, y me estaban matando; se aniquilaban inconscientemente.
Estoy tan ocupada con mi frustación de “inacabar” los miles de proyectos que van surgiendo con el diario vivir, que me he olvidado de cómo se sentía la adrenalina de escribir; de escribirte. El motor se apagó, se calentaron las balatas y se ponchó la llanta trasera del lado izquierdo. El volante jugó sucio y los frenos fallaron a última hora. El carro acabó abollado y el conductor salió volando por el vidrio que se había desprendido minutos antes del caparazón que lo sostenía. Un par de sirenas se escucharon cada vez más cerca. Los hombrecillos alcanzaron solamente a atar cabos.
Duerme corazón, pero no te mueras aún. Congélate y sobrevive un milenio; quizá en ese futuro encuentres un espacio o un cuerpo donde puedas latir con intensidad.
11 de enero de 2011
Elena–Parte 1
La camioneta se acomodó en el estacionamieto del gimnasio, y fue entonces que sintió un cosquilleo en el estómago, el mismo que le picaba cada vez que estaba por vivir algo nuevo y desconocido, pero esta vez se combinaba con un dolor que le palpitaba en el corazón. Todo este revoltijo de sentimientos le tenían una lluvia de lágrimas esperando el permiso para poder caer sobre su rostro.Tragó una bola de saliva y tensó sus músculos para evitar cualquier reacción nerviosa, aunque no consiguió detener la temblorina de las manos. Respiró un aire ácido y se atrevió a decir algo como: "llegamos".
Las puertas del auto se abrieron, y con ellas bajaron dos maletas grandes que estaban a punto de reventar sus cierres. Una risa falsa siguieron algunos comentarios al aire, que eran más bobos, pero que el nerviosismo traían en ese momento. Sus hermanos no sabían si abrazar a Eleana y ella no sabía cómo despedirse de sus padres. Finalmente, Eleana le pidió a su madre que la acompañara hasta el dormitorio, donde habría de dejar sus cachivaches. Luis, el hermano mayor, tomó una maleta y un par de bolsas y caminó tras ellas, que cargaban bolsas hasta con la boca.
Después de hablar con la preceptora, que estaba a cargo del domritorio de señoritas universitarias -como nombraban al edificio- sobre las reglas del lugar, los llevaron a conocer la que sería la habitación de Eleana. Subieron las escaleras al segundo piso mientras una voz anunciaba por el sistema de sonido instalado en el edifico, que un hombre pasaría al pasillo B. Esto causó mucha gracia entre Eleana y Luis. El dormitorio era de dos pisos, dividido en cuatro pasillos donde se encontraban las habitaciones. Al final de cada pasillo estaban los baños. Al entrar en la habitación, los tres quedaron mudos. El cuarto estaba completamente vacío, a excepción de unas cobijas y una almohada que estaban sobre las camas de abajo de las literas. La habitación era completamente blanca y estaba divida en dos: en la primera parte estaban unas repisas de madera para guardar los libros, y un escritorio de madera pegado a la pared; en la otra parte estaban dos literas, los closets y una ventana grande que permitía que la luz llenara la habitación. El espacio era muy reducido y Eleana no podía creer que esa sería su habitación. Pero lo que menos podía imaginar era cómo iba a convivir con tres chicas más en un espacio tan reducido. Eleana miró a su mamá y trató de poner buena cara. Salieron del edificio con un soplo en el corazón que estaba apunto de hacerlos caer en el pavimento; el miedo estaba latente en sus caras y el desconcierto evitó que pudieran hacer algún comentario al respecto. Subieron a la camioneta y la familia decidó comer junta una ultima vez.
La comida le supo desabrida a Eleana, pero sabía que era más por la situación incómoda que le provocaba saberse a punto de despedirse de su familia que la sazón de los alimentos. Como en cámara lenta Eleana vió a todos sonreir en la mesa y hacer comentarios que apenas lograba escuhar, sus pensamientos estaban totalmente en otro lado. Su madre de repente la abrazaba y le acariciaba el cabello. Eleana podía sentir la humedad y el calor del aire y se sentía pegajosa en su asiento. Algunas moscas volaban sobre las botellas de los refrescos y a lo lejos se escuchaba el sonido del tedio, como suele pasar en todos los pueblos. ¿Acaso no se estaba equivocando? Aquel lugar parecía el infierno, o el escenario de alguna película de vaqueros: el silencio en primer plano, a lo lejos algún radio tocando música de banda, el sol caliente coloreaba de amarllo el suelo y había polvo cubriendo hasta sus mejillas sin saber a ciencia cierta de dónde venía, sin olvidar el calor de playa en pleno desierto. El mesero se alejó con el dinero del pago de la comida y entonces se levantaron los primeros de la mesa, con un dolor terminaron todos se pararse y se fueron en silencio a la camioneta.
-¿No olvidas nada, muñeca? ¿Qué otra cosa te hace falta comprar? Acuérdate de una vez para ir, y después no tengas que salir otra vez en este calorón -dijo la madre.
-Ya bajé todo, creo. Y si olvido algo no te preocupes, sirve que salgo a conocer los alrededores- respondió Elenana.
La camioneta se estacionó nuevamente junto al gimnasio. Era tarde y el viajo de regreso a casa era largo. Luis y Carlos se despidieron de Eleana: "Adiós carnalita pequeña". Eleana contuvo el aliento para no llorar. Se despidió de sus primos y caminó hacia su mamá que había bajado del auto, se abrazaron mientras su madre con voz tranquila le decía que se portara bien y que imaginara que estaba en un campamento, solo que más grande, pero que pronto le tocaría regresar a casa. Eleana dijo que sí con la cabeza y caminó hacia su papá que no podía sonreir ni decir nada; se abrazaron. Eleana tomó sus cosas y regresó para abrazar a su mamá. Para Eleana todos esos abrazos duraron horas, pero en pocos minutos su familia ya estaba arriba del auto. Se detuvo para verlos partir y decirles adiós con la mano, pero entonces sintió que se quedaba sin aire, asi que volvío el rostro y camnió hacia el dormitorio. Volvió nuevamente la mirada y vio la camioneta salir del estacionamiento. Eleana se sintió sola y le lastimó el corazón. No se permitió llorar y caminó hacia su habitación vacía. ¿Dios quería que Eleana estuviera allí? ¿Acaso tenía Él algo especial para ella en ese lugar? Entró al cuarto. Lo óbservó y se deprimió. Abrió las maletas y pensó dónde colocaría todo, pero no pudo desempacar. Subió a su cama y entonces se permitió llorar hasta desahogar su miedo, soledad, angustia... o hasta que llegaran sus compañeras de cuarto.
Las puertas del auto se abrieron, y con ellas bajaron dos maletas grandes que estaban a punto de reventar sus cierres. Una risa falsa siguieron algunos comentarios al aire, que eran más bobos, pero que el nerviosismo traían en ese momento. Sus hermanos no sabían si abrazar a Eleana y ella no sabía cómo despedirse de sus padres. Finalmente, Eleana le pidió a su madre que la acompañara hasta el dormitorio, donde habría de dejar sus cachivaches. Luis, el hermano mayor, tomó una maleta y un par de bolsas y caminó tras ellas, que cargaban bolsas hasta con la boca.
Después de hablar con la preceptora, que estaba a cargo del domritorio de señoritas universitarias -como nombraban al edificio- sobre las reglas del lugar, los llevaron a conocer la que sería la habitación de Eleana. Subieron las escaleras al segundo piso mientras una voz anunciaba por el sistema de sonido instalado en el edifico, que un hombre pasaría al pasillo B. Esto causó mucha gracia entre Eleana y Luis. El dormitorio era de dos pisos, dividido en cuatro pasillos donde se encontraban las habitaciones. Al final de cada pasillo estaban los baños. Al entrar en la habitación, los tres quedaron mudos. El cuarto estaba completamente vacío, a excepción de unas cobijas y una almohada que estaban sobre las camas de abajo de las literas. La habitación era completamente blanca y estaba divida en dos: en la primera parte estaban unas repisas de madera para guardar los libros, y un escritorio de madera pegado a la pared; en la otra parte estaban dos literas, los closets y una ventana grande que permitía que la luz llenara la habitación. El espacio era muy reducido y Eleana no podía creer que esa sería su habitación. Pero lo que menos podía imaginar era cómo iba a convivir con tres chicas más en un espacio tan reducido. Eleana miró a su mamá y trató de poner buena cara. Salieron del edificio con un soplo en el corazón que estaba apunto de hacerlos caer en el pavimento; el miedo estaba latente en sus caras y el desconcierto evitó que pudieran hacer algún comentario al respecto. Subieron a la camioneta y la familia decidó comer junta una ultima vez.
La comida le supo desabrida a Eleana, pero sabía que era más por la situación incómoda que le provocaba saberse a punto de despedirse de su familia que la sazón de los alimentos. Como en cámara lenta Eleana vió a todos sonreir en la mesa y hacer comentarios que apenas lograba escuhar, sus pensamientos estaban totalmente en otro lado. Su madre de repente la abrazaba y le acariciaba el cabello. Eleana podía sentir la humedad y el calor del aire y se sentía pegajosa en su asiento. Algunas moscas volaban sobre las botellas de los refrescos y a lo lejos se escuchaba el sonido del tedio, como suele pasar en todos los pueblos. ¿Acaso no se estaba equivocando? Aquel lugar parecía el infierno, o el escenario de alguna película de vaqueros: el silencio en primer plano, a lo lejos algún radio tocando música de banda, el sol caliente coloreaba de amarllo el suelo y había polvo cubriendo hasta sus mejillas sin saber a ciencia cierta de dónde venía, sin olvidar el calor de playa en pleno desierto. El mesero se alejó con el dinero del pago de la comida y entonces se levantaron los primeros de la mesa, con un dolor terminaron todos se pararse y se fueron en silencio a la camioneta.
-¿No olvidas nada, muñeca? ¿Qué otra cosa te hace falta comprar? Acuérdate de una vez para ir, y después no tengas que salir otra vez en este calorón -dijo la madre.
-Ya bajé todo, creo. Y si olvido algo no te preocupes, sirve que salgo a conocer los alrededores- respondió Elenana.
La camioneta se estacionó nuevamente junto al gimnasio. Era tarde y el viajo de regreso a casa era largo. Luis y Carlos se despidieron de Eleana: "Adiós carnalita pequeña". Eleana contuvo el aliento para no llorar. Se despidió de sus primos y caminó hacia su mamá que había bajado del auto, se abrazaron mientras su madre con voz tranquila le decía que se portara bien y que imaginara que estaba en un campamento, solo que más grande, pero que pronto le tocaría regresar a casa. Eleana dijo que sí con la cabeza y caminó hacia su papá que no podía sonreir ni decir nada; se abrazaron. Eleana tomó sus cosas y regresó para abrazar a su mamá. Para Eleana todos esos abrazos duraron horas, pero en pocos minutos su familia ya estaba arriba del auto. Se detuvo para verlos partir y decirles adiós con la mano, pero entonces sintió que se quedaba sin aire, asi que volvío el rostro y camnió hacia el dormitorio. Volvió nuevamente la mirada y vio la camioneta salir del estacionamiento. Eleana se sintió sola y le lastimó el corazón. No se permitió llorar y caminó hacia su habitación vacía. ¿Dios quería que Eleana estuviera allí? ¿Acaso tenía Él algo especial para ella en ese lugar? Entró al cuarto. Lo óbservó y se deprimió. Abrió las maletas y pensó dónde colocaría todo, pero no pudo desempacar. Subió a su cama y entonces se permitió llorar hasta desahogar su miedo, soledad, angustia... o hasta que llegaran sus compañeras de cuarto.
3 de enero de 2011
La distancia es
La distancia es un largo recorrido de recuerdos que se han quedado escondidos como el más precioso tesoro del corazón, que un día fue encontrado allá, en un país diferente y, hasta un día, extraño. Pero extraños son los hechos que sucedieron para hacer entender a la razón que la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida.
Una extraña atracción existía entre él y ella, tan irracional que ella lo único que logró hacer fue alejarse, porque creyó que así evitaría el dolor, pero lo único que logró fue aumentar esa fuerza entre ellos dos cuando sus ojos se cruzaban o su cuerpo rozaba, incluso cuando todos los rodeaban.
Una extraña atracción existía entre él y ella, tan irracional que ella lo único que logró hacer fue alejarse, porque creyó que así evitaría el dolor, pero lo único que logró fue aumentar esa fuerza entre ellos dos cuando sus ojos se cruzaban o su cuerpo rozaba, incluso cuando todos los rodeaban.
15 de diciembre de 2010
2010-12-15 a las 2: 29
Llora,llora, llueve y se moja el corazón, la canción, la ilusión. Los recuerdos se mantienen vivos, enterrados en el silencio y la distancia recorre kilómetros para encontrarse con la frustración de saber que hay que dar gracias por lo vivido y callar el dolor que causa el continuar.
24 de noviembre de 2010
Un mes de recuerdos que llenarán toda la vida
Eras lo único que quería, aun con todos los peros en contra.
Hay una canción que escucho al menos un par de veces al día, para no olvidar, para volver a sentir tu mirada, tu mano y esa noche en el café, cuando sacaste el celular y me diste un audífono y entonces pusiste cara de no ser posible. Y traté de que ese momento no se me fuera a escapar. Y cuando tomaste mi cara con tus manos y te atreviste a darme ese primer beso que de culpable lo tenía todo porque hizo darme cuenta que me estaba equivocando de camino. La ida a ese teatro súper bohemio, la mirada que me lanzaste esa noche de tu cumpleaños cuando bajaste del taxi y te despediste, cuando bajaste al baño ese sábado y me di cuenta que te necesitaba conmigo, tu mano acariciándome, nuestras manos juntas, esa noche sentados en las escalas de Vizcaya, la primera vez que cruzamos una palabra, cuando vi tu mirada siguiéndonos o criticándonos en la UNAC, la película del mar y de los superhéroes, el sábado en casa de los Rojano, la ida a la iglesia del Poblado y el mega anuncio en público, nuestra última cena en Verdeo cuando vi en tu cara que no sería nuestro final, caminar juntos hacia el Banco la primera vez que me tomaste de la mano, el anillo, cuando me esperabas desesperado en la UNAC, cuando llegaste con el que aún no era P.P. (pepe), el estrés terrible cuando supimos que queríamos estar juntos y el enredo de cuatro hizo una novela de esta historia, el paseo en moto y el frío terrible con el chocolate delicioso del mirador, la primera y la última y todas las llamadas al CAD, tu voz, tu risa, tu acento colombiano que me derrite, tus ojos, tus abrazos, el Lleras, el D.F., la película argentina y tu del otro extremo mientras esperaba que sintieras lo mismo que yo aunque hablaras más con Saramo, cuando me enteré de que éramos novios, cuando llegaste a Oasis con Harold ese viernes y me dio pánico verte y me hice la loca y me porté como una tonta, tu necesidad de tocarme, el almuerzo entre semana en Primium y no sabes que lloré cuando te fuiste porque supe que así sería la cosa y Saraí solo atinó a abrazarme, esa mañana cuando te vi llegar con tu uniforme y me llevaste con la señora Angela y fue tu beso como siempre un suspenso en el tiempo y unas ganas de estar así toda la vida y te tuviste que ir y me tuve que ir y...
Hay una canción que escucho al menos un par de veces al día, para no olvidar, para volver a sentir tu mirada, tu mano y esa noche en el café, cuando sacaste el celular y me diste un audífono y entonces pusiste cara de no ser posible. Y traté de que ese momento no se me fuera a escapar. Y cuando tomaste mi cara con tus manos y te atreviste a darme ese primer beso que de culpable lo tenía todo porque hizo darme cuenta que me estaba equivocando de camino. La ida a ese teatro súper bohemio, la mirada que me lanzaste esa noche de tu cumpleaños cuando bajaste del taxi y te despediste, cuando bajaste al baño ese sábado y me di cuenta que te necesitaba conmigo, tu mano acariciándome, nuestras manos juntas, esa noche sentados en las escalas de Vizcaya, la primera vez que cruzamos una palabra, cuando vi tu mirada siguiéndonos o criticándonos en la UNAC, la película del mar y de los superhéroes, el sábado en casa de los Rojano, la ida a la iglesia del Poblado y el mega anuncio en público, nuestra última cena en Verdeo cuando vi en tu cara que no sería nuestro final, caminar juntos hacia el Banco la primera vez que me tomaste de la mano, el anillo, cuando me esperabas desesperado en la UNAC, cuando llegaste con el que aún no era P.P. (pepe), el estrés terrible cuando supimos que queríamos estar juntos y el enredo de cuatro hizo una novela de esta historia, el paseo en moto y el frío terrible con el chocolate delicioso del mirador, la primera y la última y todas las llamadas al CAD, tu voz, tu risa, tu acento colombiano que me derrite, tus ojos, tus abrazos, el Lleras, el D.F., la película argentina y tu del otro extremo mientras esperaba que sintieras lo mismo que yo aunque hablaras más con Saramo, cuando me enteré de que éramos novios, cuando llegaste a Oasis con Harold ese viernes y me dio pánico verte y me hice la loca y me porté como una tonta, tu necesidad de tocarme, el almuerzo entre semana en Primium y no sabes que lloré cuando te fuiste porque supe que así sería la cosa y Saraí solo atinó a abrazarme, esa mañana cuando te vi llegar con tu uniforme y me llevaste con la señora Angela y fue tu beso como siempre un suspenso en el tiempo y unas ganas de estar así toda la vida y te tuviste que ir y me tuve que ir y...
18 de agosto de 2010
¡Por fin!
Las nubes están más abajo de mis pies, y aunque siento que me voy a caer, no creo que me interese mucho. Pero no quiero estar volando sola, por favor acompañame. Este viaje es de lo más raro pero increíblemente genial. Las nubes las veo más lejos cada vez, ¿estás conmigo, estás más abajo, ya estás más arriba? ¡Espérame!
Comienzo a ver las estrellas en el fondo negro. Ya no me pesa mi cuerpo y creo que ya no quiero regresar. La tierra se ven tan insignificante. Ya nada importa, solo quiero que el tiempo, como la gravedad, dejen de existir. ¿Qué cuál es mi lugar favorito? Tus brazos.
Comienzo a ver las estrellas en el fondo negro. Ya no me pesa mi cuerpo y creo que ya no quiero regresar. La tierra se ven tan insignificante. Ya nada importa, solo quiero que el tiempo, como la gravedad, dejen de existir. ¿Qué cuál es mi lugar favorito? Tus brazos.
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